Los silencios
Los silencios
Hay silencios que no son ausencia,
sino presencia contenida.
Silencios que no llegan porque no haya nada que decir,
sino porque lo que habita dentro
no sabe aún cómo romperse en palabras.
El silencio no siempre es vacío.
A veces es un refugio.
Un lugar donde el alma se sienta a descansar
de tanto explicarse.
Vivimos en un mundo que teme al silencio.
Lo llenamos con ruido, con pantallas, con voces ajenas,
como si quedarnos a solas con nosotros mismos
fuera una amenaza.
Pero el silencio…
el verdadero silencio,
es un espejo.
En él no hay distracciones.
No hay máscaras.
Solo estás tú
y todo lo que has estado evitando escuchar.
Hay silencios que duelen.
Como los que llegan después de una despedida,
cuando ya no quedan palabras que puedan arreglar lo roto.
Esos silencios pesan,
se quedan en el pecho
como una pregunta sin respuesta.
Y hay otros…
que sanan.
Silencios que no exigen nada.
Que no juzgan.
Que simplemente están,
como una mano invisible apoyándose suavemente en tu alma.
En el silencio también habitan los recuerdos.
Las voces que ya no están,
los momentos que se quedaron suspendidos en el tiempo.
Y, sin embargo, siguen vivos
en ese espacio donde nadie habla,
pero todo se siente.
Aprender a escuchar el silencio
es aprender a escucharse.
Es entender que no todo necesita ser dicho,
que hay verdades que solo existen
cuando dejamos de intentar explicarlas.
El silencio no es el final de la comunicación.
Es su forma más honesta.
Porque cuando todo calla,
lo que queda…
es lo que realmente importa.
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